La ruta asesina de los hombres cultivados

21/Ago/2017

El Nacional, Venezuela, Por Nelson Rivera

La ruta asesina de los hombres cultivados

Un estudio del
historiador Christian Ingrao, de inusual facultad reveladora, sigue la
trayectoria de 80 intelectuales que ingresaron al servicio de información de
las SS, hicieron carrera en la burocracia nazi y fueron parte de la teorización,
planificación y exterminio de millones de personas
Eran
historiadores, filólogos, economistas, sociólogos, filósofos, juristas o
profesionales en campos afines. Varias de ellas, personas cultivadas,
estudiosas, informadas. Provenían de distintas partes de Alemania. ¿Qué tenían
en común aquellos hombres que se hicieron miembros de la SD, el Servicio de
Seguridad nazi? Compartían una infancia durante la Primera Guerra Mundial y la
época de disturbios que le siguió, hasta mediados de la década de los veinte.
Pero, y esto es esencial, estos hombres guardaban silencio sobre la derrota
militar y el Tratado de Versalles: el silencio del trauma.
Conocían el duelo:
se estima que la mitad de los alemanes –unos 18 millones de personas– fueron
afectados por la guerra perdida: familiares muertos, heridos o prisioneros.
Otros, la inmensa mayoría, experimentó el hambre: “El hambre, el duelo, la
sensación de estar luchando por la supervivencia cotidiana constituyeron así
los tres elementos principales de la experiencia de los niños”. Un trauma
masivo y masificado. La guerra, en el imaginario y en los discursos
predominantes de Alemania, había sido en defensa propia y para evitar su
desmembramiento.
Crecieron y se
formaron con la sensación de vivir en un mundo de enemigos, que contrastaba con
el espíritu völkish (visión etno-nacionalista) que comenzó a pulular y
expandirse en asociaciones, clubes, gremios, universidades y como corriente de
opinión. El enemigo era peligroso, inhumano, atrasado. “En numerosos hogares acomodados
y cultivados que constituían sociológicamente el consentimiento alemán al
conflicto, la guerra se convirtió así en el lugar de una forma de utopía
milenarista”.
La guerra dotó a
la sociedad de sentido y visión: Alemania era un colectivo etno-nacional con
enemigos. Los brutales relatos de lo ocurrido, a menudo invenciones,
mantuvieron vivo el imaginario de una guerra que continuaba y continuaría: el
territorio alemán podría desaparecer, también la identidad biológica.
Estudiar significó
dar inicio a distintas formas de militancia. Participaban en los movimientos
deportivos y estudiantiles, cada vez más politizados y asociados a modalidades
de la teoría völkisch, que gozaba de la aprobación silenciosa de la mayoría de
la sociedad. Eran nacionalistas, racistas y antisemitas. Radicales derechistas.
La tesis de Ingrao es que, durante el período de entreguerras, los sistemas de
representación se cargaron de prejuicios y argumentos biológicos. Fueron la
base de un vínculo frecuente entre excelencia universitaria y militancia
völkisch y nazi. Y esa fusión fue la base para convertir la geografía, la
historia, la sociología, la filología y la etnografía, en ciencias
legitimadoras: una ciencia que blanqueaba la responsabilidad de Alemania en la
Primera Guerra Mundial. Los saberes técnicos, hasta 1933, irrumpieron en la
política. A partir de ese año, se produciría el giro: la nazificación del
saber.
Una ciencia capaz
de perseguir
Esto significó que
la ciencia adquirió el carácter de arma de combate. “Las Zeitungswissenschafen
–ciencias de la información– son un ejemplo adecuado de ese fenómeno (…).
Combina las ciencias políticas, la historia, la civilización y las lenguas”.
Con estos y otros recursos de las humanidades, comenzó el estudio de la
producción escrita de los enemigos: judíos, cristianos, comunistas, masones y
otros, fueron categorizados como enemigos del germanismo. Investigar, militar y
reprimir eran indisociables. La renovación generacional profundizaba la visión
única del determinismo racial nazi. La antropología racial se tornó
preponderante: saber basado en los estudios de la sangre y las genealogías. La
judeofobia se envolvía de cientifismo.
Había diferencias
en el pensamiento, pero tenían un fundamento común: el proyecto de refundación
socio-biológica de Alemania: determinismo racial, nordicismo y antisemitismo.
Un sistema de representaciones fundamentado en el espacio y la raza. “El
sistema de creencias interiorizado por los intelectuales de las SS reformula la
historia, transformándola en una sucesión de luchas, de enfrentamientos y de
combates identitarios, marcados todos ellos por el sello de étnico. El
determinismo racial aporta al intelectual de las SS una representación de la
historia atravesada por la inmanencia, transfigurada por la providencia,
orientada por el finalismo”. La promesa nazi consistía en la refundación de un
imperio étnico, que recuperaría la fuerza genética y el espíritu alemán. Las SS
se asumían como colectivo pionero y vanguardista de la genética nórdica. Sus
relatos y trayectorias demuestran que no eran oportunistas: creían. Aunque sus
trayectorias fueron distintas –no me referiré en esta nota a la complejidad
organizacional que Ingrao describe con rigor– sus sentimientos nazis no se
debilitaron, sino que se hicieron más intensos con el tiempo.
Militar y actuar,
indisociables
Comenzaron por
vigilar la escritura de los enemigos. Y fueron creando y perfeccionando los
métodos de su actividad. Diseñaron ficheros. Sistematizaron la vigilancia y
recogida de información. Se especializaron: espionaje, formación paramilitar,
propaganda antisemita, planificadores de la expansión territorial, de la
expulsión de personas, de la aniquilación de los enemigos. Seguían los pasos
hasta de sus propios colegas. Se infiltraban. Tomaban parte de las luchas
internas: sus aportes fueron decisivos para que Himmler lograse hacerse del
poder total de las policías.
A partir de 1933
aquellos voluntarios fueron profesionalizados: en adelante serían funcionarios
plenos de la maquinaria del nazismo. También a partir de 1933, los enemigos
políticos se convirtieron en enemigos del Estado a los que se acusaba de actuar
en contra de las esencias racial, ética y espiritual del pueblo alemán. A
comienzos de 1937 se organizaron una serie de conferencias: “El judaísmo,
enemigo del nacionalsocialismo”. El judío era un enemigo biológico. Su
alteridad absoluta, como absoluta su malignidad. Cuando se habla de investigar,
en realidad, ello significaba verificar: la actividad de la SD era silogística:
las conclusiones estaban previamente deducidas.
“En 1938, el SD ya
no es un grupúsculo de activistas con métodos artesanales, y la Gestapo se ha
convertido en uno de los pilares del Estado nazi. Los Eitsatzkommandos que
actúan en los Sudetes, en Austria y en Checoslovaquia son la demostración de
esa evolución numérica, del desarrollo de métodos de investigación y de su
especificidad, mientras sigue ejerciéndose una violencia de esencia política”.
Cuando ocuparon Checoslovaquia, los Eitsatzkommandos tenían funciones claramente
descritas: estabilizar el nuevo orden; detener a toda persona hostil al Reich;
salvaguardar todo documento que sea expresión de hostilidad al Reich; liquidar
las organizaciones hostiles al Reich; ocupar las sedes de las policías checas
para instalar en ellas las operaciones de las policías nazis. Meses después,
cuando se produce la invasión a Polonia, los Eitsatzkommandos dan un salto
cualitativo y cuantitativo: la violencia guerrera adquiere realidad.
El este, espacio
mítico
Entre julio de
1939 y junio de 1941, los intelectuales del SD parten a la guerra del Este. “El
Este simboliza para los miembros de la las SS un espacio mítico, una tierra
virgen que hay que conquistar, una tabla rasa que la germanidad podrá modelar,
el lugar donde todo es posible debido precisamente a que está ocupado por unas
etnias consideradas inferiores”.
En el Este utópico
los intelectuales se convirtieron en hombres de acción, actores de una guerra
donde todo era posible y necesario con el propósito de nazificar la realidad. A
partir de 1939 y hasta 1944, los intelectuales fueron fundamentales en la
planificación de la conquista. Estudiaban las poblaciones, medían los índices
de germanidad, determinaban quiénes se quedaban y quiénes eran expulsados.
Habilitar un espacio significaba distinguir y censar a los alemanes y a los no
alemanes. Unos datos sirven de ejemplo al lector: de 45 millones de “alógenos”,
el plan sugería: 14 millones serán esclavizados y 31 millones expulsados.
Ingrao cuenta de
la exposición que, en el Palacio de las Princesas de Berlín, se celebró a
finales de 1941. Se llamaba Planificar y acondicionar el Este. Se anunciaba,
sin ambages y con el mayor detalle, la operación por la cual se haría tabla
rasa y se organizaría la refundación biológica del territorio. Se describían
ciudades que llevarían calles con los nombres de Hitler, Göring y Hess.
Entonces se
produjo la gran oportunidad para los intelectuales: asumieron la tarea de
justificar la violencia, narrar los fundamentos de la aniquilación, crear los
argumentos para el genocidio del pueblo judío. Fabularon hechos que explicaban
la guerra como defensa, le dieron forma a la figura del francotirador enemigo
que obligaba al arrase indiscriminado de civiles, crearon el ideario y los
eslóganes que alentaban la guerra total. Cuando los Eitsatzgruppen comenzaron a
fusilar a mujeres y niños, en julio de 1941, aquello apenas constituyó un
primer avance hacia el abismo de la violencia.
Los Eitsatzgruppen
que operaban en Rusia estaban integrados por unos 3000 miembros. En seis meses
asesinaron a más de 550 mil personas. Es decir, aproximadamente un promedio de
3 mil asesinados por integrante. Tras unos primeros días de improvisación, el
genocidio se sistematizó, en buena medida, gracias a la planificación y
organización que los intelectuales aportaban. El extenso y minucioso capítulo
que el autor dedica a las operaciones en el Este, donde es inevitable volver a
los escabrosos hechos de Bavi Yar (casi 35 mil judíos fueron asesinados en dos
días, 29 y 30 de septiembre de 1941, de los cuales, centenares estaban vivos
cuando fueron enterrados), hace patente que la violencia extrema no solo estaba
normativizada: también tenía la categoría de rito de iniciación.
El camino al
hundimiento
“Los intelectuales
de las SS asumieron, en efecto, un papel capital en la práctica discursiva de
legitimación del genocidio, justificando hasta en el interior mismo de los
comandos cada nuevo paso en la acción genocida, y acompañando a los hombres encargados
de ponerla en práctica con una construcción dogmática. Como oficiales de mando,
desempeñaron por otra parte un papel decisivo en la organización y la
codificación de las prácticas de violencia, concibiendo y desarrollando las
técnicas de exterminio, de gestión del carácter trasgresor de la violencia y de
legitimación de la acción genocida”.
Cuando comenzó a
ser evidente la derrota en el frente ruso, los intelectuales generaron la
retórica correspondiente: era difícil luchar contra una masa tan numerosa,
fanática y embrutecida: se ratificaba la supremacía racial. Por encima de todo,
evitaban llamar las cosas por su nombre. Incluso cuando lo ocurrido era cada
vez más difícil de eludir –a mediados de 1944, el número de prisioneros
alemanes en manos de los rusos superaba la cifra de 200 mil–, la propaganda
des-realizaba la derrota: difuminaba sus contornos, la vaciaba, la posponía.
En marzo de 1945,
toda aquella institucionalidad, cohesión, solidaridad y disciplina
desaparecieron. Cada quien empezó a actuar por su cuenta. Unos pocos decidieron
resistir hasta el final. Otros huyeron y adoptaron nuevas identidades y oficios
campesinos, pero finalmente fueron denunciados y encontrados. Algunos se
suicidaron. Unos cuantos se entregaron a las autoridades. Durante los juicios,
las actitudes fueron diversas: negar, evitar las responsabilidades, justificar
y justificarse. Lo asombroso, a fin de cuentas, es esto: creyeron de principio
a fin. Impelidos por un pensamiento de base racial y milenarista, emprendieron la
más vasta operación genocida que la humanidad haya conocido, que acabó con las
vidas, una a una, de más seis millones de seres humanos judíos.
Creer y destruir.
Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS
Christian Ingrao
El Acantilado
España, 2017